Siete equívocos sobre la orientación de la
investigación universitariaa

Renato Dagninob
Amílcar Davytc

I. Introducción

Este artículo procura fomentar el debate sobre el tema política de investigación en las universidades latinoamericanas. Su referencia es la discusión en curso en la Universidade Estadual de Campinas -UNICAMP-, Brasil.

Su ambiciosa intención es buscar, desde los investigadores de estudios sociales de la ciencia y la tecnología, una interlocución con la comunidad científica que nos incluye, al respecto de temas que parecen cruciales para diseñar una política de innovación para los países de América Latina. Su objetivo, aún más ambicioso, es fortalecer en el ámbito de esa comunidad más amplia una visión capaz de crear las condiciones para lo que denominamos dinámica de innovación endógena en los países de la región.

El artículo consta de dos partes. En la primera se presenta una síntesis de las "provocaciones iniciales" lanzadas por uno de los autores en una Reunión de Trabajo sobre Política de Investigación realizada en diciembre de 1994 en el ámbito de la Asociación de Docentes de UNICAMP. Su objetivo es señalar una necesaria "tercera posición" entre dos posturas extremas sobre el tema: una que adoptaría sólo el criterio de calidad para la orientación de la investigación universitaria, y otra basada solamente en un criterio de relevancia social.

La segunda parte representa una crítica a la postura extrema que adopta sólo el criterio de calidad, expuesta en el seno de la citada reunión. Tomando el número siete ya consagrado en América Latina por autores que buscan contraponerse a visiones predominantes, exploramos lo que se consideran los equívocos principales de esa postura. Se revisan así algunos viejos debates respecto de la orientación de la investigación en las universidades latinoamericanas.

II. Las provocaciones iniciales

Se destacan en esta síntesis los aspectos generales del debate en UNICAMP que pueden aportar a una discusión de este tipo en ámbitos universitarios latinoamericanos.

En primer lugar, los supuestos:

Construyendo una tercera posición

Existen dos posturas extremas con respecto a la investigación universitaria:

Se impone la construcción de una alternativa que evite disyuntivas inconsecuentes y paralizantes y potencialize la acción universitaria. Esta "tercera posición" se fundamenta en dos elementos:

1. Interdisciplinariedad. Contraponiéndose a la tendencia a la segmentación y compartimentalizacion del conocimiento aún vigente, gana fuerza en el ambiente científico internacional la tendencia a la interdisciplinariedad. No es apenas un nuevo desafío académico, es una exigencia surgida de la naturaleza de los problemas del mundo real, cada vez más complejos y multidisciplinares. Es también un camino para reorientar la docencia, hoy inerte ante el dilema de formar profesionales para un mercado que reproduce un pasado que queremos cambiar, o preparar para un futuro que se configura como un reflejo distorsionado de las sociedades que se dicen avanzadas pero que sabemos "sin futuro".

2. Relevancia social. El "contrato social" de post-guerra diseminó en el ambiente científico universitario la concepción de que la actividad científica se autojustifica; que al investigador le compete sólo el ejercicio eficiente de sus actividades, y al Estado, su fomento. Este "contrato social" viene siendo cuestionado en el mundo entero; crece la presión externa a la Universidad, y las iniciativas en su interior, buscando aumentar la relevancia social de la investigación y atenuar la influencia de las lógicas internas de las disciplinas.

El aumento de la relevancia social de la investigación, de forma compatible con los niveles de calidad inherentes a ella, supone iniciativas que dependen de la Universidad:


El escenario deseado por todos y para todos implica la solución a los problemas sociales acuciantes que afectan a la mayor parte de la población en materia de empleo, salud, educación, vivienda, etc.; esa solución depende de importantes cambios políticos de la sociedad en su conjunto. Sin embargo, las acciones de la Universidad en ese sentido son necesarias para llevar adelante esas transformaciones con éxito.

III. Una réplica a la primera posición

En la reunión ya mencionada se explicitaron diversas posiciones; los correspondientes artículos luego fueron publicados por ADUNICAMP. De ellos escogimos el texto del Prof. Carlos Brito Cruz (Brito Cruz, 1995), Pro-rector de Investigación de UNICAMP, a efectos de explicitar nuestra posición, discutiendo siete argumentos en él expuestos. Esto se fundamenta en el hecho de que es una de las posturas más cercanas a la primera posición sobre la orientación de la investigación descrita en la sección anterior.

El método utilizado fue construir afirmaciones en torno a la "primera posición" a partir de algunos trechos del artículo citado, a fin de cumplir con el objetivo de explorar el conjunto de ideas sobre la temática a través de la crítica.

Dos precisiones previas son necesarias, ya que luego se traslucen en varios de los puntos tratados. En primer lugar, al tratar sobre cuestiones concernientes al proceso de desarrollo de conceptos sobre política científica y tecnológica y universidades, se toma como referencia, tal como lo hace el artículo criticado, el contexto y la experiencia de los países avanzados, en particular la de Estados Unidos. Similarmente, la mayor parte de los conceptos y referencias presentes en la literatura sobre el tema se vinculan especialmente con una concepción particular de ciencia, la que la restringe al campo de las ciencias llamadas "duras", esto es, el conocimiento científico que se cree puede tener como resultado más o menos inmediato una aplicación productiva, económicamente relevante.

A seguir se presentan las siete afirmaciones y la correspondiente crítica.

1. El concepto de Universidad como lugar por excelencia de creación de conocimiento no comprometido tiene siglos de desarrollo a nivel internacional.

Esta visión corresponde apenas a uno de los distintos "modelos" que la institución adopta a lo largo de su existencia en diferentes situaciones históricas y sociales; no parece existir un consenso respecto a las funciones y características de la universidad.

Distintas épocas han dado forma a varios modelos diferentes de universidad en los países desarrollados (Janne, 1981; Kerr, 1982). La universidad inglesa se caracterizó por una postura "universalista", volcándose a la investigación a nivel elevado, sin vinculación con intereses particulares o mismo nacionales; según este modelo la universidad debe orientarse de acuerdo a normas propias e internas a la institución. El modelo napoleónico "funcionalista" de la universidad francesa, por otra parte, la entiende como formadora de cuadros al servicio de la sociedad y generadora de conocimiento funcional, con un compromiso directo con las demandas y necesidades sociales y una subordinación a los intereses del estado-nación.

La universidad latinoamericana nace con el objetivo de subordinar los pueblos a la cultura de los conquistadores. Luego se transforma en una institución que responde a las demandas de las clases dirigentes emergentes, adoptando simultáneamente características que la acercan más al modelo profesionalista francés, es decir, de adecuación a las demandas de una sociedad específica (Steger, 1974). En síntesis, desde su origen y a lo largo de su evolución, no se ha desarrollado siguiendo el concepto de producción de conocimiento puro y universal sino que ha estado comprometida con una estructura social determinada.

Los movimientos reformistas por democratización e igualdad que conmovieron a las universidades latinoamericanas en distintos momentos de este siglo buscaban adecuarlas a las demandas de una nueva sociedad. No lograron, sin embargo, mudar muchas de las características de la institución (Brunner, 1991). En el caso de Brasil, por ejemplo, durante cierto tiempo se producen profundos debates entre las diversas posiciones acerca del papel que le corresponde a la universidad en la sociedad latinoamericana. El golpe militar en la década del `60 colabora a consolidar una postura defensiva internalista, preocupada sólo con el desarrollo de una investigación "no comprometida". Uno de sus resultados es que ideas como la expresada a través de esta primera afirmación sean propagadas.

2. Tal como ocurre en los países desarrollados, la calidad del conocimiento aquí generado debe ser evaluada por medio de criterios, índices o indicadores de vigencia internacional.

Esta afirmación, que implica un concepto restricto de calidad, reduciéndola a algo semejante a "prestigio internacional", toma como referencia una visión ingenua de la realidad de los países avanzados.

Lo que actualmente se conoce como política científica y tecnológica tiene su origen al final de la Segunda Guerra Mundial, con el surgimiento de la "big science" y la creciente importancia del direccionamiento de la investigación por parte del Estado. Así se sientan las bases del contrato social que garantizó hasta hace poco el apoyo incondicional a la investigación científica. Este contrato estaba basado en la suposición de una cadena lineal de innovación con una "punta inicial" en la ciencia pura, seguida por la investigación aplicada, el desarrollo tecnológico, económico y, finalmente, social. Es decir, se esperaba de la investigación científica resultados prácticos de largo plazo (Bush, 1945).

La universidad, por estar situada en la punta inicial, era entendida como la proveedora del conocimiento nuevo para los otros eslabones de la cadena. En este modelo, que tiene su expresión más importante en los Estados Unidos, la universidad tenía que pautar su actividad por rígidos patrones de calidad. Esto sería condición suficiente para que el resto de la cadena, sometida a otros criterios, garantizara un buen resultado para la sociedad. De esta forma ganaría la sociedad a través de un retorno de la inversión realizada, y la universidad, que podría "trabajar en paz". La calidad en la punta inicial era un elemento fundamental para el progreso económico y social.

Aunque esta cadena lineal haya sido formulada como una secuencia de etapas causales, puede ser pensada en sentido inverso. Es decir, no como un proceso de producción en el que cada "estación de trabajo" ofrece insumos para la que le sigue, sino como una cadena de demandas por insumos; o sea, que sería la "punta final" la responsable de los estímulos que moverían el proceso. De hecho, la lógica de "demand pull" y no la de "science push" ha sido aceptada como más fiel a la realidad (Ronayne, 1984). La suposición de una cadena lineal se ha sustentado en la existencia de un sector productivo -penúltima "estación de trabajo"- que demanda continuamente el conocimiento nuevo necesario para alimentar su proceso innovativo. Es así, entonces, que la existencia de esa demanda del sector productivo es por lo menos tan importante para la producción de resultados de investigación como la existencia de un potencial interno.

Crecientemente se cuestiona el modelo de la cadena lineal, Hay que reconocer, sin embargo, que fué algo más que una racionalización corporativa de la comunidad científica norteamericana, valorizada en función de su importancia para alcanzar los objetivos de un Estado que necesitaba la ciencia para implementar su doble política de "welfare" y "warfare". Los orígenes de esa valorización deberíamos buscarlos, además, en una característica más antigua de la ciencia moderna: su estrecha conexión con la Revolución Industrial, la cual en el siglo XIX, pasa a requerir fuertemente una tecnología basada en la ciencia (Herrera, 1973).

El modelo de cadena lineal es útil para aproximarnos a un concepto necesario para nuestro análisis. Usamos la expresión "tejido de relaciones" para referirnos al proceso de influencias recíprocas, de interacción y de difusión de valores y prioridades que se da entre Estado, sociedad y comunidad científica. El hecho de que ese tejido se establezca en forma continua, sutil e implícita hace que frecuentemente no sea percibido por la propia comunidad de investigación. Sin embargo, termina induciendo criterios de distribución de recursos y direcciones de investigación.

Ese tejido de relaciones, donde están implicados los intereses de diversos actores sociales involucrados directa e indirectamente con la ciencia, es responsable por la definición de los problemas que atacará el investigador en busca de soluciones. La acción de ese tejido de relaciones va así delimitando, a lo largo de un proceso incremental, lento pero continuo, ese conjunto de problemas. A él denominamos "campo de pertinencia". La experiencia de los países avanzados en la posguerra ejemplifica cómo, a lo largo de un proceso particular, se va estableciendo un criterio específico de calidad, histórica y socialmente determinado, pero que luego, desde el punto de vista de los investigadores, tiene vida propia y autonomía, es decir, se reifica.

Es justamente ese tejido de relaciones y ese campo de pertinencia que garantizan que el criterio de calidad utilizado sea endógeno a esa sociedad, en la medida que refleja las prioridades por ella sancionadas, aún de forma difusa e inconsciente. Como el resultado de la investigación tiene de alguna manera asegurada su aplicación por los mecanismos más o menos formales del tejido de relaciones, la calidad es entendida como condición necesaria y suficiente para que el conocimiento llegue al circuito productivo y beneficie en forma adecuada a la sociedad. Esto implica que para que una investigación sea considerada de buena calidad, debe cumplir con la condición necesaria de situarse dentro del campo de pertinencia.

Es la presencia de este proceso de generación de criterios lo que, en los países avanzados -razonablemente democráticos y con alto grado de cohesión social- garantiza que los resultados de investigación lleguen a la sociedad. Es el mismo proceso que garantiza que, en sociedades que han logrado establecer un pacto social incluyente, el criterio de relevancia social sea incorporado desde el inicio en el direccionamiento de la investigación.

El proceso descrito, de reificación de un criterio específico de calidad, se hace crucial a partir de los años sesenta, cuando se empieza a constituir en preocupación de los gobiernos de los países avanzados y de la comunidad científica, la comparación del desempeño de los respectivos sistemas científicos. En esa década, llamada del "catching up" por algunos (Dickson, 1988), Europa comenzó a estar en las mismas condiciones desde el punto de vista científico-tecnológico que los Estados Unidos. La comparación de las acciones y los productos en esta área necesitaba la generación de algún criterio. Es así que se gestan mecanismos de medición de calidad, entendida como "prestigio internacional" -número de publicaciones, citaciones, etc. La reificación de la calidad pasa a tener, en la comparación internacional, un elemento de su viabilidad. Hasta se podría decir que, si no se hubiera generado esa necesidad de comparar países, probablemente la reificación de la calidad no hubiera adquirido tanta importancia.

En resumen, la búsqueda de calidad es algo sancionado por un proceso largo y complejo. El criterio de calidad es generado según una lógica social endógena; no es, por lo tanto, un atributo puramente académico, universal, del trabajo científico. Es consecuencia de la previa delimitación de un campo de pertinencia, que en algunas sociedades y coyunturas se da de forma más o menos natural, fruto de un tejido de relaciones sociales. Por no constituir un proceso explícito, dado que se establece de forma difusa y casi inconsciente, no es fácilmente percibido ni entendido, (ni siquiera por los investigadores de los países avanzados). Esto explica, entonces, la frecuente visión ingenua y equivocada de los investigadores de nuestras comunidades al respecto.

3. La divulgación del resultado entre los pares es el primer paso, el que demuestra la calidad del conocimiento generado.

Este punto se relaciona directamente con el anterior; lo que se presume un primer paso debería ser el resultado de un proceso bastante complejo.

Podemos entender, en forma simplificada, que en las sociedades avanzadas la operacionalización del criterio de calidad se desarrolla en tres momentos. El primero es la delimitación del campo de pertinencia a través del tejido de relaciones, como fue expuesto anteriormente.

La realidad de los países pequeños de Europa, más que la norteamericana, permite explicitar cómo eso ocurre. La notable especialización en determinadas áreas del conocimiento, inducida por los actores sociales involucrados en la investigación, es una característica marcada de los sistemas de innovación de esos países. Un proceso interactivo de priorización es responsable por la construcción de competencias diferenciadas en cada país a lo largo del tiempo. Esta diferenciación pasa a estar, cada vez más, relacionada a una especialización creciente fomentada por consideraciones de orden económica. Esto no quiere decir, obviamente, que estos países renuncien a la responsabilidad de mantener una estructura capaz de monitorear el avance del conocimiento científico y tecnológico mundial. Sólo significa que elaboran estrategias de acumulación de fuerzas que responden a criterios locales y que, por eso mismo, logran resultados de investigación, en aquellas áreas académicas priorizadas, que alcanzan más fácilmente prestigio y reconocimiento internacional.

El segundo momento es el juzgamiento de la calidad de los resultados por los pares, en general "ex post" y confinado a sub-especialidades cada vez más autocontenidas. Este proceso tiende a no trascender las fronteras nacionales, y casi nunca las del mundo desarrollado. No debe sorprender esto, ya que esa evaluación debe contemplar criterios "ad hoc" de naturaleza distinta.

El tercer momento ocurre luego que los productos o proyectos de mejor calidad son premiados; los resultados de las investigaciones van a aparecer en las revistas internacionales, difundiendo las priorizaciones y criterios pre-establecidos; nuevos proyectos son generados, sea por continuación, emulación o imitación, en el mismo campo de pertinencia. De esta manera se cierra el circuito, produciéndose así una retroalimentación que refuerza las relaciones ya detalladas entre el tejido de relaciones sociales, el campo de pertinencia, la calidad y el prestigio internacional.

El sistema se mueve, entonces, en función de ciertas reglas y normas. El resultado visible del proceso -la punta del iceberg- es el prestigio y reconocimiento internacional en términos generales, y determinadas áreas "importantes", de frontera, en particular.

Las comunidades cientifícas de países periféricos aceptan este resultado como un dato. Modificarlo involucraría suponer la existencia de un tejido de relaciones distinto al de los países avanzados y un correspondiente campo de pertinencia. En este sentido el funcionamiento del circuito es cerrado: o se aceptan las reglas de juego de un sistema que trasciende nuestra realidad de países periféricos o se permanece fuera. Esta última alternativa debería implicar la creación de una dinámica propia, endógena de los países subdesarrollados; mientras tanto, parece más razonable participar de ese sistema comprendiendo la esencia de su funcionamiento e intentando partir de nuestros propios problemas.

4. Una política de investigación que busque altos niveles de calidad garantiza prestigio y reconocimiento internacional.

Esto nos lleva a preguntar: ¿cual sería la mejor política de investigación de calidad, entendida como la mejor ruta para obtener el prestigio académico internacional?

La respuesta sugiere la consideración de situaciones en que la producción científica latinoamericana fue capaz de alcanzar prestigio internacional. Esto permitiría entender cómo una comunidad de investigación situada en un país periférico, cuyo objetivo fuese alcanzar reconocimiento internacional a través de los procedimientos usuales de competición y juicio de pares, debería montar su estrategia. Tal estrategia, para atender a criterios de eficacia y economicidad, tendría que procurar establecer, en forma colectiva y articulada, un proyecto, una trayectoria de desarrollo, en vez de descansar sobre el proceso atomizado y descoordinado existente. Una estrategia como esa permitiría concentrar el esfuerzo de investigación y recursos en áreas donde ya existen grupos con mayor capacidad instalada, donde hay mejores condiciones; o, alternativamente, en campos nuevos o aún no existentes, pero con dificultades para competir por fondos con los campos ya consolidados (Kash, 1994).

Una estrategia así, si fuera elaborada sistemáticamente, llevaría a la definición de un campo de trabajo relevante específico. Aunque no igual ni compatible con el carácter definido en los puntos anteriores como campo de pertinencia, cumpliría un papel importante en el proceso de construcción de esa estrategia. Es decir, aún con un conjunto de criterios similar al actual, y siendo el prestigio internacional la meta deseada, se podrían alcanzar mejores resultados. Para ello, se requeriría la discusión colectiva en aras de elaborar una política específica, que dirigiera el proceso en direcciones determinadas.

Existen en la región experiencias pertenecientes al campo de las ciencias llamadas "duras", que podrían ilustrar lo sugerido. Sin embargo, por el significativo y atípico prestigio internacional que alcanzó, mencionaremos una experiencia del campo de las ciencias humanas, ya que, por lo menos en términos de citaciones, es la que adquirió mayor relevancia.

La principal contribución, y tal vez única, que proyectó a América Latina al escenario científico mundial, fue el desarrollo de la teoría de la dependencia a finales de los `60. Ese cuerpo de conocimientos, que se tornó referencia obligatoria para abordar cuestiones relativas al desarrollo de países y áreas atrasadas, para entender las condicionantes internas y externas del proceso de desarrollo y para formular propuestas normativas de superación del subdesarrollo, es una contribución de la ciencia latinoamericana para la ciencia mundial. En esa época, la producción de los países avanzados sobre la interpretación de la realidad social y política de regiones periféricas sugería orientaciones políticas en el plano externo e interno que no correspondían a los intereses locales. La necesidad de contraponerse a esa interpretación por parte de los cientistas sociales latinoamericanos hizo que se generara un cuerpo de conocimientos alternativo. Parece ser que el desafío de producir un conocimiento socialmente relevante, pero basado en el bagaje acumulado en los centros mundiales tradicionales de reflexión fue lo que llevó a ese proceso de diferenciación. Y parece haber sido justamente esta diferenciación lo que proyectó las ciencias sociales latinoamericanas en el escenario internacional. En otras palabras, sería la previa delimitación de un campo de pertinencia propio, estructurado sobre la base del conocimiento universal, lo que llevó a la obtención del prestigio internacional que aún hoy tiene la teoría de la dependencia.

Aunque no se pueda extender simplísticamente la moraleja de esta experiencia a las ciencias duras, podemos decir que la búsqueda de adherencia a la realidad donde se realiza la producción académica, o sea, la previa identificación de un campo de pertinencia, aumenta las probabilidades de éxito.

5. No cabe a la universidad la definición de prioridades de investigación; ella debe acatar lo definido por la sociedad a través de los mecanismos institucionales correspondientes, que son los gobiernos.

Esta afirmación sugiere que la universidad estaría sobrepasando sus atribuciones al definir prioridades para orientar sus actividades de investigación.

En primer lugar hay que precisar el concepto de sociedad. Esto porque ni aún la visión pluralista más complaciente en relación a la posibilidad de que el Estado represente los intereses de los diferentes segmentos sociales (en especial aquellos que son los que más necesitan ser contemplados), aceptaría la asimilación realizada entre la "sociedad" y el aparato del Estado (Lindblom 1977, cit. en Ham y Hill, 1993).

Suponiendo que los "mecanismos institucionales" pudiesen actuar de acuerdo con los intereses del conjunto de la sociedad, habría que indagar si, de hecho, han actuado de esa forma y, principalmente, si es sensato esperar que puedan hacerlo en el futuro.

La inexistencia de proyectos nacionales en América Latina que incorporen el desarrollo científico y tecnológico como un objetivo estratégico ha sido suficientemente documentada para que sea necesario volver al tema (Herrera, 1975; Sábato y Botana, 1975). Sería también redundante comentar el hecho de que el modelo de desarrollo económico y social adoptado, basado en una creciente concentración de la renta, tampoco genera una demanda por conocimiento que movilize y estimule el crecimiento, por la vía del mercado, del potencial científico y tecnológico nacional.

Parece importante destacar, por otro lado, el papel que ha ejercido la universidad latinoamericana en la estructura de investigación y desarrollo de la región. Y, en particular, la influencia que ciertos miembros de la comunidad científica universitaria han tenido en la definición de la política de C&T (Vaccarezza, 1990). La diminuta participación del empresariado, para no hablar de otros actores sociales que en las sociedades capitalistas avanzadas se hicieron presentes, es notoria. Esto no puede ser explicado solamente por una falta de conciencia respecto a la importancia de la ciencia y la tecnología para el desarrollo económico. Parece deberse también a la poca relevancia de la investigación internamente desarrollada para la implementación del proyecto del empresariado latinoamericano para la expansión de la industria.

La consideración de algunos indicadores internacionales de gasto en I&D, nos permite evaluar los resultados de la actuación de los mecanismos institucionales de la sociedad. A efectos de una comparación esclarecedora, tomemos hechos estilizados pertenecientes a la realidad de Brasil y Japón. En este último, cerca de 80% de los recursos destinados a C&T se aplican en el sector privado, en actividades de investigación tecnológica; el gasto público corresponde aproximadamente a 20% del total, destinado a investigación científica, en gran parte en instituciones académicas. Es decir, el resultado final de la distribución de recursos en C&T es fuertemente sesgado -en relación 4:1- en el sentido de la aplicabilidad más o menos inmediata y no necesariamente en el sentido de la calidad, sino fundamentalmente de su relevancia. En el caso de Brasil, la proporción es inversa, 20% y 80%; lo que quiere decir que el resultado final es sesgado -en relación 1:4- en el sentido de la calidad. O sea, en Brasil, la asignación de recursos para la ciencia es, en términos relativos respecto a Japón, 8 veces más importante que los recursos para su aplicación.

A nivel general podemos decir que el resto de los países de América latina ha llegado a perfiles de aplicación de recursos en C&T similares al de Brasil: el gasto en I&D es en realidad Investigación y no Desarrollo. Es decir, la proporción del gasto latinoamericano es sesgado hacia la ciencia, y el criterio de asignación de recursos es determinado por la calidad y no por la relevancia social. En principio puede admitirse que se apliquen los recursos para la ciencia con el criterio de calidad, de prestigio, de ciencia por la ciencia; pero la relación de gasto existente apunta a una clara distorsión. De hecho, a lo largo del tiempo fué, y continúa siendo, la sociedad latinoamericana quien conformó un perfil de este tipo. Es en este marco, entonces, que tiene sentido que se tomen otros criterios de asignación de recursos, complementarios al de calidad.

Es necesario profundizar un poco en el proceso de conformación de esa estructura de asignación de recursos. Entre los actores sociales relevantes a esos efectos, la comunidad científica universitaria ha tenido un papel importante a través de algunos de sus líderes. Es por medio de la actuación de esos miembros, los que por otra parte muchas veces buscan contemplar sus intereses corporativos o disciplinares inmediatos y concertar con la tecnoburocracia (sea civil o militar), que se fué generando ese perfil sesgado hacia la ciencia y hacia la calidad, a lo largo de un proceso político incremental, y adoptando a veces una postura de "no toma de decisiones" (Bachrach y Baratz 1963, cit. en Hill, 1993). La participación de la universidad no se dió como institución, por medio de un proyecto definido participativamente que contemplase cuestiones relativas al papel que debería desempeñar la investigación para el desarrollo económico y social de la región.

Por lo tanto, una posición aparentemente democrática, respetuosa de las instituciones, puede, en la realidad, dar abrigo a una postura escapista. La universidad renunciaría así a implementar, de forma consecuente, el considerable poder que ha usufructuado a lo largo del proceso de definición de las políticas de C&T nacionales, hasta ahora a través de la representación de algunos de sus miembros capaces de transformar el prestigio académico en vocalización política.

Aún corriendo el riesgo de voluntarismo, parece ser oportuna una acción de la Universidad en el sentido de utilizar su capacidad de, a partir de escenarios socio-económicos deseables, establecer en forma participativa y democrática, metas globales de desarrollo científico y tecnológico que orienten su política de investigación, incorporando el criterio de relevancia y el de interdisciplinariedad.

6. El objetivo de creciente relación Universidad-Sociedad debe hacer reforzar la exigencia de calidad y el compromiso con el conocimiento universal.

Esta idea parece estar asociada a una percepción de la fragilidad de lo que dijimos estaría situado en el inicio del proceso de conformación y delimitación del campo de pertinencia de la investigación: el tejido de relaciones. Es decir, una insatisfacción con el hecho de que los resultados de la investigación universitaria no estarían contribuyendo para el bienestar de la sociedad en su conjunto.

La preocupación por la relación Universidad-Sector Productivo no es exclusiva de los países periféricos. En los países avanzados las políticas de innovación insisten cada vez más en estimular las relaciones a veces poco formalizadas entre usuarios y productores del conocimiento científico y tecnológico (Nelson, 1993). La percepción de que el mecanismo informal no es suficiente para asegurar el flujo de conocimiento entre los componentes de los sistemas nacionales de innovación lleva a una creciente valorización de las "innovation networks" como condición de competitividad (Nelson y Winter, 1982; Dosi et al, 1988).

Trasladando esta cuestión a nuestro contexto, implica la promoción de lazos entre los productores y usuarios locales de conocimiento. Más que en el caso de los países avanzados, que, como fué señalado, disponen de un mecanismo informal pero eficaz en la constitución de esos lazos, se necesita aquí una política específica y bien articulada para que eso pueda ocurrir.

El fundamento de la idea de fragilidad mencionada y de la necesidad de políticas para corregir esa deficiencia no es nuevo (Sábato y Botana, 1975; Herrera et al, 1994). La causa principal del escaso potencial científico de la región es la reducida demanda social por conocimiento. El proceso de desarrollo económico tiende a inhibir esa demanda en lugar de potenciarla, como ocurre en las sociedades avanzadas. La inexistencia de un proyecto nacional que colocase desafíos para la comunidad científica y tecnológica era, y continúa siendo, la causa de la poca relación entre el contenido de la producción académica de ésta y las necesidades de la sociedad.

Aún cuando los resultados de la investigación son pasibles de aplicación productiva, el modelo económico adoptado tiene como consecuencia que no puedan ser utilizados en beneficio del desarrollo. Existe una pieza del sistema que no está presente en las economías periféricas, que es el empresariado nacional, el empresario innovador schumpeteriano, la empresa de base tecnológica, que incorpore el desarrollo tecnológico en su lógica empresarial, de acumulación de capital. Esa pieza hace que el complejo científico-tecnológico de los países avanzados funcione, siendo un engranaje fundamental para mover el sistema económico como un todo.

La existencia de un proceso, es decir, de una vinculación entre tejido de relaciones, campo de pertinencia y generación de un criterio de calidad, aseguraría que éste, al ser adoptado, implicara la relevancia social de los resultados de investigación. Si ese proceso tiene un buen funcionamiento, el criterio de calidad es también un criterio de maximización de la relevancia social. Aunque corriendo el riesgo de una excesiva complacencia, se puede decir que el criterio de calidad incorpora la contribución para el bienestar de la sociedad en su conjunto. En condiciones de capitalismo periférico eso no ocurre, u ocurre de otra manera: lo hace de una forma distorsionada, la cual tiene como consecuencia que el criterio de calidad no implique relevancia. En pocas palabras, los países avanzados generan criterios de calidad endógenos, los cuales aquí son en gran medida asimilados; o sea, en nuestro caso existe una adopción y no una generación propia de criterios.

La insatisfacción con la escasa contribución social de los resultados de la investigación universitaria debe explicarse entonces con "ausencias" que están fuera del aparato científico-tecnológico. Si esos elementos existieran se podría constituir, quizás, una lógica interna que nos permitiera generar un concepto de calidad endógeno y dinámico, en el sentido de que pudiera adaptarse e incluso adelantarse, fortaleciendo, a los cambios sociales progresistas.

¿Cómo hacer para que, en ausencia de un tejido de relaciones, se establezca una dinámica endógena de búsqueda de calidad creciente, de búsqueda de un criterio de calidad funcional a un proyecto propio de desarrollo económico y social ?

La experiencia de política científica y tecnológica ofertista que ha sido implementada en América Latina nos muestra los límites de la posición que insiste en que nuestro único desafío debe ser expandir, con calidad, nuestro potencial científico. Sin las consideraciones ya mencionadas, la cuestión de la calidad aparece, en los países periféricos, de una forma viciada y nociva.

La manera de encaminar la preocupación planteada es introducir explícitamente -y hasta artificialmente- el criterio de relevancia social, una vez que no llega a ser incorporado de forma natural a través del proceso de generación de la noción de calidad. Parece indispensable la definición de políticas explícitas en este sentido, para la delimitación del campo de pertinencia a partir del cual plantear la meta de calidad no sólo como una cuestión académica sino como un compromiso con la sociedad. Esta sugerencia puede implicar cierto voluntarismo, en la medida que supone que el campo de pertinencia puede ser delimitado exitosamente no acoplado a un tejido de relaciones. Pero es justamente porque en nuestros países ese proceso no está consolidado, que es necesario adoptar mecanismos "no naturales", que implican planeamiento, a efectos de incorporar el criterio de relevancia social, ya que no basta dejar actuar a la "mano invisible" del mercado de C&T. Por otra parte, es éste el camino que nos señalan los países avanzados, cada vez más preocupados no sólo con la política de fortalecimiento de relaciones entre investigación y producción, sino con políticas que, subordinadas cada vez más a imperativos económicos y sociales, orienten como un todo sus sistemas nacionales de innovación (Nelson, 1993).

7. Las universidades latinoamericanas han intensificado sus relaciones con el sector productivo, en muchos casos con resultados claros en términos de convenios y contratos firmados.

El discurso de la comunidad científica ha sido ambiguo en relación a este tema; el casamiento entre calidad por un lado, entendida en el sentido aquí criticado, y por otro prestación de servicios tecnológicos a las empresas, parece difícil en el contexto analizado en puntos anteriores. La explicación puede encontrase en la constatación de que el discurso tradicional ha sido el de la relevancia económica y social del trabajo científico; hoy es importante "convencer", demostrando que algo se está realizando en la dirección de productos inmediatos y aplicables, en la medida que las promesas de resultados de largo plazo de la investigación de "buena calidad" ya no son convincentes por sí mismas.

Aquí se torna necesario reflexionar sobre la connotación que el concepto de extensión ha adquirido en el medio universitario en los últimos tiempos. A diferencia de lo que se pensaba hasta los años `60, hoy significa que la universidad no tiene que preocuparse con el fin último de su actuación. El estilo de sociedad deseado no necesita ser el punto de partida necesario para orientar las actividades universitarias en relación al medio externo. De otro modo, significa que la vinculación con la sociedad puede ocurrir de forma casual, en la medida que la universidad extienda el producto de sus actividades a la sociedad. Pero el concepto de sociedad no es, en general, precisado: incluye el segmento de la población que recibe atención gratuita en los hospitales universitarios y la comunidad que se complace y enriquece con las actividades culturales. Pero también incluye a las empresas, aún multinacionales, que se benefician de los desarrollos tecnológicos realizados por los investigadores. La vinculación Universidad - Sector Productivo ha transformado de esta forma la idea tradicional de extensión.

El concepto de extensión aplicado al campo de la investigación, en el marco de la postura aquí criticada, aparece como resultado de una mala conciencia o sentimiento de culpa de la universidad, que actúa funcionalmente en el sentido de oscurecer la cuestión principal e inevitable de la relevancia social del trabajo de investigación. Dado el énfasis como son presentadas, las iniciativas de vinculación con el sector productivo difunden, para la opinión pública y en el propio ámbito de la universidad, la ilusión de que los serios obstáculos para el desenvolvimiento científico y tecnológico de América Latina pueden ser fácilmente transpuestos a través del ofrecimiento de servicios a las empresas o, en general, de la interacción con ellas.

IV. Conclusión

Establecer algo que mereciese el nombre de Conclusión desentonaría con el espíritu que recorre todo el artículo. Pero sería inadecuado también perder la oportunidad de instigar al lector que va primero a las conclusiones, a leer con más atención estas provocaciones al debate.

El trabajo es un pequeño paso en el sentido de acercar algunas ideas sobre determinadas cuestiones estructurales de la ciencia y la tecnología contemporáneas, y en particular del capitalismo periférico. Apunta a la necesidad de crear una dinámica endógena de la ciencia latinoamericana: que procure resolver sus propios problemas, aunque sin renunciar a un lugar en el sistema científico internacional. Trabajar en ese sistema con claridad respecto de su funcionamiento, y de una forma más productiva: a partir de las necesidades propias de nuestras sociedades, es el desafío a afrontar. Importantes cambios deben esperarse a nivel global, es decir, en la estructura socioeconómica de nuestras sociedades, como resultado del proceso de democratización política que se inició en América Latina en los `80. El camino idealizado del futuro plantea a la comunidad científica latinoamericana un desafío difícil pero instigante. Construir una agenda de investigación que nos permita, partiendo del proceso de transformación social y económica deseada, identificar las demandas tecnológica y de investigación científica socialmente necesaria. La expresión de necesidades sociales en forma distinta de aquélla que hoy existe, con otro contenido, puede permitir una dinámica de innovación endógena que, a partir del conocimiento científico de frontera, atienda problemas básicos de nuestras sociedades.

Pero ese desafío supone que la comunidad científica latinoamericana recupere la perspectiva transformadora que la caracterizó en otros momentos de su trayectoria. Que se fortalezca en su ámbito una visión capaz de crear las condiciones para lo que denominamos dinámica de innovación endógena. Replantear de forma incisiva algunas viejas cuestiones que han sido exploradas por algunos de los primeros investigadores latinoamericanos de la temática Ciencia, Tecnología y Sociedad, nos pareció una contribución posible para la construcción de aquella perspectiva transformadora. Hacerla desde el ámbito de esa temática, buscando una interlocución con el resto de la comunidad científica, fué igualmente una inspiración que encontramos en la obra de aquellos investigadores. Su preocupación con el diálogo con la comunidad más amplia a la que pertenecían -la de los investigadores científicos-, entendida casi como una "raison d`être" de la reflexión que hacían, nos pareció, también, algo a ser rescatado.

Un título alternativo para este artículo: "Política de investigación para la Universidad: el falso dilema entre relevancia y calidad", tal vez retrate mejor una dirección de investigación que nuestros estudios sociales de la C&T deben atacar. Ella nos permitirá sumarnos a aquella necesaria recuperación de una perspectiva transformadora.

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